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Scopum Coaching · Alfonso Rodríguez, Sesiones de Coaching empresarial, deportivo y crecimiento personal

La gran noticia

Era un viernes del mes de septiembre y Mario Gutiérrez estaba ansioso por devorar después del entrenamiento uno de sus platos preferidos que su madre le había preparado. Mientras charlaba con su hermano sobre el partido del fin de semana con el “juvenil A” sonó su teléfono, ¡¡era el míster del primer equipo!! El chico tenía sudores fríos y el corazón le latía a mil por hora. La conversación fue breve. Colgó y proclamó entusiasmado: “¡¡mañana viajo con el primer equipo, me han convocado para el partido del domingo!!

Mario estaba exultante. A sus 17 años se le presentaba una oportunidad única y fue un manojo de nervios durante todo el fin de semana. Quería que todo saliera perfecto. Se ilusionó con ser titular, e incluso se planteó anotar dos goles y dar una asistencia para ser el mejor del equipo en su debut. Siempre fue muy ambicioso y perfeccionista, y pensaba que si habían confiado en él a pesar de su juventud debía plantearse cotas altas. Nuestro protagonista se propuso objetivos demasiado ambiciosos y poco realistas, además de auto-expectativas demasiado exigentes.

Su vida giraba en torno al fútbol. Le dedicaba muchísimas horas a la semana y era su único “hobby”. Todo su entorno conocía ya la noticia. La mayoría de sus amigos pertenecían al deporte base y sentía que no podía fallarlos, que todos iban a estar pendientes de él. La actividad deportiva era la fuente principal de su autoestima.

Pequeño contratiempo

Las cosas no fueron bien. El encuentro era de máxima exigencia, sus rivales eran veteranos y “se las sabían todas”. Era un terreno desconocido para él y los quince minutos que disputó no fueron como esperaba. Perdió varios balones, se encontró desubicado en el campo y el ritmo exigente le pasó factura a nivel físico. Hasta aquí todo puede parecer lógico para el debut en la élite de un chico de 17 años, pero no para él. Nuestro protagonista tenía unas auto-expectativas muy altas, esperaba que todo saliera perfecto y sentía un enorme desánimo por lo sucedido. En ese momento todo se vino abajo:

  • Sus conclusiones sobre el partido fueron muy negativas (ausencia de objetividad).
  • Temía lo que su entorno iba a pensar de la situación (miedo al juicio externo).
  • Existía exceso de perfeccionismo y poca tolerancia a la frustración.

A partir de aquí los meses siguientes fueron difíciles. Sentía que había fallado a sus seres queridos y que había fracasado. Su entorno de amistades era mayoritariamente deportivo y no tenía otras facetas en las que apoyarse. Entró en una dinámica peligrosa, experimentó pensamientos negativos excesivos y su autoestima y autoconfianza se debilitaron. Todo esto le afectó al rendimiento, no le salían las cosas en el campo y desconocía el motivo. Desapareció de las alineaciones del equipo juvenil e incluso de las convocatorias.

La remontada

Durante el parón navideño tuvo tiempo para reflexionar. Tras un par de conversaciones con su familia y con el entrenador decidieron reaccionar para cambiar la situación. Su madre había asistido a una charla sobre psicología deportiva algunas semanas atrás y propuso probar a contactar con el psicólogo.

Nuestro protagonista no confiaba mucho en esas cosas, pero decidió probar una sesión. Durante esa primera conversación con el psicólogo se dio cuenta que había ciertas cosas que estaban en su mano para cambiar la situación, y desarrolló un gran interés y motivación por empezar a trabajar este aspecto. El psicólogo le advirtió: “No solucionarás los problemas de un día para otro, esto llevará tiempo y esfuerzo y debes tener paciencia”. El chico asintió y su grado de compromiso aumentó con el paso de las semanas. Cada vez estaba más enganchado, le gustaba realizar las actividades “entre-sesiones” y poco a poco fue aprendiendo técnicas para optimizar su funcionamiento mental. Tras unos meses:

  • Aprendió a auto-evaluar y autorregular sus pensamientos rígidos y perfeccionistas.
  • Comenzó a tener amistades ajenas al fútbol y a realizar otras actividades.
  • Interiorizó técnicas para establecer objetivos y auto-expectativas más realistas.
  • La salud de su autoestima y autoconfianza mejoró considerablemente.
  • Supo dominar los pensamientos negativos ante el juicio externo.

Y el crecimiento….

Curiosamente, todo esto se tradujo en una mayor participación en el equipo. Su entrenador volvió a apostar por él y durante la segunda vuelta resultó una pieza clave en el equipo. En este segundo tramo de la temporada anotó 10 goles y repartió 3 asistencias.

Mario había experimentado la temporada más extraña de su corta carrera. Podía parecer que deportivamente no había progresado o incluso había retrocedido, pero nada más lejos de la realidad. Había añadido un aspecto más a su puesta a punto como deportista incorporando el entrenamiento psicológico a su rutina. Aprendió a auto-observarse, autoevaluarse y autorregularse y fortaleció su funcionamiento mental. Sin duda ahora está más preparado para afrontar sus próximos retos.

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